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Entre mesas *

  • Foto del escritor: Rodrigo Lares Bassa
    Rodrigo Lares Bassa
  • 27 jun 2018
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 10 oct 2025

Sentado, a la espera, hacía bailar su vaso para oír, allá en el fondo —donde se esconde la realidad— el tintineo de los hielos. La abstracción lo había vencido; el plano de las letras se había adueñado de él.

“El amor no tiene definición, porque definir es limitar… y el amor no tiene límites”, pensó, mientras observaba, sin ser visto, a la pareja que disfrutaba a unas mesas de distancia. De sus facciones y gestos adivinaba todo; saber qué hablaban no tenía sentido. “El odio es amor estancado y fermentado”, concluyó, y desvió la mirada hacia otros comensales.

La longevidad capturó su atención: las manos arrugadas se entrelazaban, y las miradas, a través de pupilas nubladas, le hablaban del tiempo vivido. Notó sus sonrisas serenas, y un impulso lo hizo integrarse silenciosamente a aquel instante; sonrió tímidamente y alzó, casi imperceptible, la comisura de sus labios. Una confesión para sí mismo:

“Por vivir la felicidad junto con la angustia de la pérdida, nunca la vivimos realmente. Tal vez el secreto sea simplemente vivir las experiencias.”

Aquel acto de involucrarse lo hizo reaccionar como acostumbraba cuando le sucedía: cambio de espacio y continuamos con el ejercicio, se dijo. Antes de inmiscuirse en otro mantel, sorbió un trago del licor, añejo y ahumado, que lo acompañaba en su labor poética. Aprovechó el instante para hacerse presente y disfrutar del plano de la realidad: percibió el aroma a canela y anís estrellado con que habían ahumado el vaso; admiró la destreza del barman y notó las notas nobles, maduras, en su paladar. La sensación de saborear un tesoro artesanal y rancio lo decidió a entregarse nuevamente a sus musas, a quienes siempre consentía con su atención. Esta vez, enfocaría su mirada en la juventud.

Respiró profundo y parpadeó con lentitud, dejándose llevar por el ritmo del tango que ambientaba el lugar. Allá, en una esquina, bajo un frondoso árbol, una botella sudada era testigo de la vitalidad de quienes la bebían. Las velas iluminaban sus rostros; a la distancia, el brillo de sus ojos anunciaba pasión, un inminente arrebato, un asalto y una entrega: el vencimiento de lapsos de castidad.

Notó la contradicción del ser libre y esclavo al mismo tiempo, el deseo a punto de explorarse al contacto de la piel. “¡No quiero ser libre, quiero estar encadenado a lo que amo!”, susurraron las musas.

“Qué raro, porque no hay mayor amor que el que libera y nos transforma en seres infinitos y altruistas”, respondió una de ellas. Pero las musas, en su esencia, replicaron: “Dejo de buscarte, porque ya estás en todo”.

Él continuó observando a la pareja, y respondió mentalmente: “¡Muy bonito!, sentir la esencia… pero no es suficiente. ¡Lástima! Entre tú que estás fuera de mí y tú que estás dentro de mí, soy solo un puente. Vengo de ti, voy hacia ti. Así como lo real se va convirtiendo en sueño, lo que soñamos acaba siendo real.”

Ultimó su trago mientras continuaba el diálogo en soliloquio. Tomó una servilleta y escribió una frase. De pronto, las divinidades desaparecieron. Un saludo lo hizo volver abruptamente a su asiento. Terminó su instante nutricional. Como siempre, la sonrisa de ella era hermosa, mágica, había llegado. Pasó a ser uno más entre las mesas, olvidando a todos. Sintió que, envuelto en la luminicidad de sus ojos, pensaba:

“Quisiera vencer mi castidad, quisiera vivir toda la vida contigo, pero no quiero perder la oportunidad de las experiencias probables…”

Tras que el mesonero sirviera las copas de vino, brindaron:

—El amor nos hace pertenecer sin posesión y darnos sin perdernos. Amar es crear algo juntos. ¡Salud!

Él sintió, al mismo tiempo, ser un poco de todos los comensales. Le entregó la servilleta doblada. Ella, sensual, con manos delicadas y piel suave, la abrió:

—En mi cuerpo elimino tu ausencia, en mi alma conservo tu belleza.

Sonrió y, mirándolo, le lanzó un beso al aire. Él pensó: “Probemos.”

“Cuando reconoces que fallar no te hace un fracasado, puedes darte licencia de intentar cualquier tipo de cosas.”

* 2do Lugar en el Primer Concurso literario Paréntesis organizado por el grupo literario A tinta negra

 
 
 

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